6.04.2019

CInco años de Schlecker

Fotografía de Schlecker hecha por Rafa Castells a los pocos días de salir el libro

Schlecker nació un día muy concreto, y con Schlecker nació esta editorial. Ese día fue el 26 de Abril de 2013. Adrián de Alfonso, bajo el nombre Don The Tiger, presentaba en directo en Hangar su primer disco, Varadero, que yo editaba con la discográfica que entonces dirigía junto a mis socios de Canada.

Unos meses antes, a finales de 2012, había constituido una pequeña productora paralela a Canada, para entre otras cosas tirar adelante proyectos en los que mis dos socios no tenían interés en invertir tiempo o dinero. La había llamado Terranova y Labrador, por la región más remota del norte de Canada, compuesta por una península y un archipiélago. Mi primer proyecto, ya en marcha, era el largometraje Nuestra Amiga La Luna, de César Velasco Broca, que muy a pesar de todos se acabaría quedando en un metraje mucho más corto y sin llegar a cubrir la totalidad de un guión inicial demasiado ambicioso.

Un mes antes de ese concierto, mientras estaba rodando un anuncio en Praga, alguien me había enviado un link al cortometraje que Rafa Castells y Miguel Rojas habían co-dirigido para Corte Moderno. Recuerdo perfectamente ese momento, solo, en la habitación del hotel. Me impresionó muchísimo. No había visto nada tan distinto, tan puro y rodado con tanta sencillez y pasión en muchísimo tiempo.

Así que cuando vi a Rafa esa noche en el concierto, me acerqué, y le dije que me había alucinado su corto, y que si tenía planes de rodar algo más, que contase conmigo como productor, que había montado una pequeña estructura que me permitía tirar adelante lo que me apeteciese sin tener que acordarlo con nadie. Entonces Rafa me dijo que él lo que quería hacer era un libro, y que si lo quería editar yo. Decía que tenía un montón de fotos sin revelar en un cajón en su casa, y que estaba seguro que de ahí podía salir algo bueno. Creo que mi respuesta inmediata fue que sí. No recuerdo en absoluto que empezar a editar libros fuera una decisión meditada. O que en ese momento fuese consciente de que ni yo era editor, ni tenía la más remota idea de dónde me estaba metiendo. Quedamos para vernos ese mismo fin de semana y hablar de ello. No sé si fue al día siguiente del concierto o a los dos días. Pero fue todo muy rápido.

Yo entonces conocía muy poco a Rafa Castells. Pasaba casi todo el tiempo fuera de España y estaba bastante desconectado de todo ese grupo de gente que era unos diez o quince años más joven que yo. Cuando Canada había empezado a atraer atención internacional, nos enviaban regularmente a fotógrafos a la oficina a hacernos fotos para algún medio. Eran sesiones horribles porque a ninguno nos gustaba estar delante de la cámara. Y los resultados solían ser bochornosos. Un día, una revista italiana llamada Pig envió a una chica a hacernos fotos. Se llamaba Alba Yruela. No habíamos oído nunca hablar de ella. Pero nos conquistó desde que entró por la puerta. Su juventud y timidez nos ayudaron a estar muy relajados, y las fotos que hizo fueron las mejores que nos habían hecho nunca. Así que cuando al poco tiempo tuvimos que llamar a un fotógrafo para un proyecto, la llamamos a ella. Y como había que hacer un montón de fotos en pocos días y en varios lugares de España al mismo tiempo, ella nos sugirió que contásemos con su novio. Y así conocí a Rafa. También tímido e introvertido, o a lo mejor cohibido por nuestra edad o la comercialidad del proyecto, porque Rafa nunca se ha sentido cómodo al trabajar por encargo. A partir de ese momento, cuando coincidíamos por ahí hablábamos brevemente, pero tampoco sabíamos muy bien qué decirnos y la relación no fue a más. Yo seguía su Tumblr, y me encantaban sus fotos, pero apenas sabía nada de él.

La primera vez que quedamos para hablar sobre el libro fue en Can Pichurri, un merendero de Las Planas, en la cara oeste de la montaña de Collserola. No tengo ni idea de por qué fuimos ahí. Imagino que él se ofreció a acercarse en tren a mi casa, que entonces estaba en La Floresta. Creo que hablamos muy poco sobre el libro, porque las fotos no estaban reveladas y no sabíamos a lo que nos enfrentábamos como proceso de edición. Pero se decidió que todo el libro saldría de esos carretes sin revelar, que esa idea tan sencilla, casi aleatoria, sería la base conceptual de a edición. No recuerdo mucho más de aquella conversación, pero recuerdo esa mañana en la terraza de Can Pichurri como un momento precioso de mi vida. De descubrir a alguien nuevo. De tener un proyecto totalmente enigmático. Y de disfrutar de la presencia de ese chaval como algo ajeno a todo lo que generalmente ocupaba mi tiempo: agencias, clientes, productoras, rodajes, siempre con una tensión y una competitividad salvajes. El proceso de edición de su libro se reveló desde el principio como un proceso pausado, reflexivo y pasional. Para mí era un bálsamo casi terapéutico, un contrapunto a la realidad acelerada de mi profesión. Creo que la presencia y la figura de Rafa tuvo mucho que ver en ello, es decir, que no hubiera sido igual con cualquier otra persona, solo por el hecho de estar haciendo un libro. Pasar tiempo con Rafa era algo maravilloso, desde el primer al último día del proceso.

A parte de esto, la colaboración me abrió un todo un mundo de gente joven, local, increíblemente talentosa pero sobre todo majísima, dulce hasta extremos insospechados. Después de la primera reunión casi todos los encuentros eran en el piso de Gran Vía que Rafa compartía con Alba, pero también con Aitor Bigas, Albert Mallol, María Prats y Miguel Rojas. Ese piso y ese grupo de amigos, y todo lo que les rodeaba era entonces una maravilla. Un diamante en bruto. Pintaban, dibujaban, escribían, rodaban, hacían música y todo era de manera intuitiva y luminosa. Estar cerca de ellos fue un regalo del cielo para alguien que, como yo, estaba acercándose a la mediana edad y atravesaba momentos de transición personal y profesional. Estar en aquella casa y cerca de aquellos chavales era regenerador a todos los niveles. Rafa había revelado y hecho copias de todos los carretes, que si no recuerdo mal eran cerca de noventa (unas 3000 fotografías), y tenía las paredes de su habitación cubiertas de corchos en los que iba probando distintas ediciones, ritmos, yuxtaposciones y todo tipo de orden.

Uno de los displays en los corchos de la habitación de Rafa Castells
Alba Yruela en la habitación de Rafa en la época de la edición de Schlecker

Yo iba allí y me lo enseñaba, lo mirábamos, hablábamos, pero muy pronto salíamos al salón para tomar algo y hablar de otras cosas de la vida. Yo no había hecho nunca un libro, así que no tenía ni idea de editar fotos, pero me pareció que verlas en una pared no tenía nada que ver con el ritmo que marca pasar páginas, así que me pareció mucho más práctico cuando Rafa empezó a hacer maquetas. Hizo una primera que era pegando fotos sobre folios doblados, en tamaño cuartilla, simplemente para ver la sensación de descubrimiento y establecer un orden musical.

Una de las primeras maquetas del libro

Luego empezó a componerlas en un cuaderno negro, cortándolas, solapándolas, y jugando a veces con deformaciones, alteraciones y fotocopias. Yo no me sentía capacitado para tener una opinión sobre nada de aquello. Me sentía un completo ignorante, aunque tuviera decenas de libros de fotografía, no tenía la confianza en mi propio criterio que luego he ido desarrollando con la práctica. Así que vi muy claro muy pronto que Rafa necesitaba un diseñador de libros a su lado. Y no solo él, sino la editorial en sí, ya que yo no sabía cómo se producía un libro, ni la creación de la maqueta ni su ejecución profesional. Así que me puse a pensar a quién llamar para encargarse de Schlecker,y del desarrollo corporativo de la editorial.

Algunas de las dobles páginas del cuaderno de edición de Rafa Castells para Schlecker

Por aquel entonces, ya tenía la suficiente experiencia con estudios de diseño como para saber cómo funcionan. Es decir, te reúnes con un diseñador al que admiras, pero muy pronto te acabas reuniendo con sus becarios, y al final no sabes muy bien quién está haciendo qué y se desdibuja la figura no ya de la autoría, sino del mero interlocutor. Quería a alguien que se lo fuera a tomar de manera personal, que supiera que lo haría todo de principio a fin de manera pasional y sin delegar. He de decir que hice una buena investigación online sobre diseñadores con suficiente experiencia profesional pero que todavía no tuvieran un estudio. Y al final dudaba entre dos personas a las que llamar. A ninguna de las dos la conocía personalmente. Una de ellas era Ana Domínguez, y prefiero no decir la segunda. Pero cuando estaba en plena duda sobre a cuál de los dos llamar, me invitaron al cumpleaños que Pablo Díaz Reixa, El Guincho, organizaba en un garito clandestino en la trastienda de un call center pakistaní. Creo que aquel invento se llamaba Moonlight. Pero no estoy seguro. Yo llegué tarde y bastante borracho, pero una chica todavía más borracha se acercó a mí y me dijo “Me encanta tu gato” y se fue. Era el inicio de Instagram y la intimidad diluida. No le di ninguna importancia a que aquella chica conociera a mi gato y yo no tuviera ni idea de quién era ella. Pero a los pocos minutos, alguien, no recuerdo muy bien quién, nos presentó. Era Ana Domínguez. Me pareció muy raro que después de años en la misma ciudad y con muchos amigos en común no hubiese conocido a Ana hasta el mismo día en el que había estado mirando su trabajo y pensando en llamarla. Este tipo de cosas me han pasado más veces, y siempre he creído en la vida y en la casualidad y en la causalidad y he pensado que hay fuerzas que te ayudan y te empujan a tomarte las coincidencias en serio. Sobre todo cuando estás borracho. Así que ahí mismo le dije que había estado pensando en ella para un proyecto y que la llamaría. Creo recordar que Ana se rió de mí en mi cara y se alejó. Como sí, claro.

A los pocos días, la llamé y empezamos a trabajar. Ana se lo tomó todavía más en serio de lo que yo me había imaginado, y se lo agradeceré siempre. Por un lado, se puso a desarrollar la identidad de la editorial, incluyendo un logo y una mascota, que yo como buen seguidor de editoriales que van de Penguin a Morsa entendía que tenía que incluir a un animal (ya había caído en el mismo absurdo cuando les había pedido a Setanta que diseñaran el pato canadiense para la discográfica) y así nació nuestro castor lector.

Y en paralelo a esto, Ana empezó a quedar regularmente con Rafa para conceptualizar y dar forma al libro. A partir de ese momento, yo decidí dar un paso atrás y respetar el diálogo entre ambos. Algo que hice durante un tiempo en Terranova, en parte por respeto al diseñador y en parte por el pudor de ser consciente de tu falta de preparación. Así que poco puedo decir de cómo Schleckeracabó tomando la forma que tiene. Sí que recuerdo que fue Ana quien propuso dos ideas claves del libro: una era partir del color de los carretes de Schlecker (la droguería alemana que da título al libro) y que eran rosas o azules dependiendo del ASA, para trazar una transición lumínica similar al crepúsculo, que se materializaría con una serie de páginas vacías con un color puro, que funcionarían como pausas o interludios en la edición. La segunda idea, que en realidad iba en la misma línea, era editar el conjunto de fotografías siguiendo ese transcurso lumínico, de la mañana a la noche, transformando el conjunto de fotografías en una especie de único gran día en el que todos los recuerdos se mezclaban siguiendo el momento del día.

Alba delante de una de las droguerías que dan nombre al libro. Foto de Rafa Castells.

Mi participación en el edit de las fotos fue por tanto prácticamente nula, pero sí recuerdo participar en las conversaciones sobre la portada. La idea de la piel de serpiente negra fue por algunas referencias de libros ingleses que nos enseñó Rafa. Yo propuse lo de añadir una fotografía pegada atrás para que el libro no fuera una caja negra (esta ha sido una de mis batallas más constantes como editor, ya que por algún motivo estaba y sigue estando de moda que cuando veas un libro no tengas ni idea de qué hay en su interior, usando la portada como una negación del contenido, algo que no puedo entender). Y también propuse, en mi inconsciencia económica fruto de la ignorancia, que pintásemos de plata los laterales del libro. Lo que no recuerdo es cómo se fraguó el stamping blanco del título, que hizo a mano María Prats sobre una de las copias positivadas que Rafa tenía en su habitación.

Lettering original de María Prats hecho con typex sobre una de las fotos del libro

Sin que nos hubiéramos dado cuenta, había pasado prácticamente un año en el proceso de creación de Schlecker, que se acabó presentando el 6 de Abril de 2014, casi un año más tarde del concierto de Don The Tiger.

Flyer para el mailing con el que anunciamos la presentación del libro

Fue en una fiesta abierta en el piso de Gran Vía que había sido tan central y Miguel Ángel Vaquer, amigo personal de Ana Domínguez y dueño de Casa Mariol, nos ofreció poner vermut gratis, pero hubo algún error interno y los transportistas trajeron como treinta cajas con seis botellas cada una. Había literalmente centenares de botellas de vermut y lo que empezó a las 12 del mediodía como una celebración informal acabó como un fiestón a altas horas de la madrugada. Fue un día memorable, con el piso lleno de gente, incluso desconocidos que habían aparecido allí por el boca oreja o por ver la fiesta desde la calle. De manera natural, espontánea y repito, muy luminosa, había nacido Schlecker, y de su mano, Terranova.

Y como se dice en estos casos, el resto es Historia. Una Historia pequeñita, local y de andar por casa. Pero con mayúscula, por favor.

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